En la vida nos salen al encuentro lugares, personas y sabidurías como si el universo conspirara para que ello sucediera. Una especie de hilo conductor que denominamos, destino, Dios o simplemente "cuasalidades".
La primera vez que escuché hablar de Comunicación No Violenta fue en una de las últimas materias de la Maestría en Estudios de la Violencia Social y Familiar, que desviándome de mi profesión de origen y dejándome llevar por mi intuición, decidí cursar. Así descubrí a Marshall Rosenberg,
Fue como encontrarse con esos amores que nos cautivan a primera vista, absolutamente irresistible.
Pasé del asombro a preguntarme cómo había podido vivir tantos años sin siquiera imaginar que había una forma de Comunicarnos de manera No Violenta. ¿Acaso me comunicaba de manera violenta? Honestamente no lo había pensando nunca.
Así, deslumbrada con el tema, y como suele pasarnos cuando nos apasionamos por algo o alguien, quise conocer cada día más sobre él. El entusiasmo me llevó a cursar clases virtuales los domingos, cuando el estudio a la distancia era aún incipiente.
Iniciaba el camino hacia el conocimiento de que la "violencia" también se construye a través de las "palabras", de las "narrativas que nos contamos y que contamos", del lenguaje verbal.
Más asombroso fue descubrir que el estudio de la comunicación compasiva, es decir noviolenta, comenzaría con una mirada introspectiva, es decir, "cómo me hablaba a mí misma." El autoconocimiento, fue y sigue siendo hasta el día de hoy mi mayor reto porque es lo que me hace ser coherente con lo pienso, digo y hago.
En el trayecto descubrí algunas verdades, al menos que lo son para mí, que deseo compartir hoy con ustedes.
Es más fácil "decir bien" o "bendecir" a otras personas que hacerlo con nosotras mismas.
Desde el momento en que nuestros ojos ven la luz del mundo, infinidad de mandatos culturales y sociales transmitidos en principio por nuestros padres, se abalanzan sobre nosotros sin misericordia.
Nuestra "educación" transmite valores, creencias, temores, desafíos y secretos familiares, expectativas sociales, teñidas con frecuencia con "lo que se debe o no se debe decir o hacer", abundando los "no se puede", "deberías", "una niña no dice, no hace, no piensa así..." o "los niños no lloran, no sienten, no demuestran sentimientos porque si lo hacen no son hombres..., o "en esta familia somos así y punto."
En fin, la lista es interminable.
Lo cierto es que nuestra curiosidad innata y asombro ante lo inesperado, como la empatía propia de los primeros años de la infancia, van siendo restringidas lenta pero consistentemente. Paralelamente se va construyendo nuestra autoestima y auto concepto salpicado de mensajes limitantes y a veces hasta destructivos. No es de extrañar que llegados a la adolescencia y a la edad adulta nos cueste confiar en nosotros(as) mismas y mantener un diálogo interno saludable, amable, compasivo, es decir No Violento.
Con frecuencia, nos resulta mas fácil mostrarnos compasivos(as) y comprensivos(os) con otras personas que con nosotros(as) mismos(as).
Aprender a "escucharnos sin juzgarnos" es un desafío que no solo sanará nuestras emociones y ser interior, sino que facilitará y potenciará nuestra capacidad de escuchar con todo nuestro ser a las personas con las que coincidamos en el camino de la vida, sean relaciones personales y/o profesionales.
Si me hablo con amor, respeto y compasión, escuchando mi ser interior, ¿Por qué no hacerlo con el otro? Al fin y al cabo todos somos seres humanos con las mismas carencias, sueños, fortalezas y debilidades.
Desaprendiendo y Aprendiendo a mirarnos y hablarnos de manera compasiva, No Violenta.
Entendiendo de dónde surgen esas voces internas que nos limitan es más factible emprender el viaje diario de reemplazar el continuo juzgamiento personal (así como hacia las personas que interactúan con nosotros), por una observación de nuestros pensamientos, emociones y necesidades más íntimas, aceptándolas, disfrutándolas y asumiendo nuestra responsabilidad de gestionar esas emociones, satisfacer nuestras propias necesidades, así como internalizar que nuestros pensamientos tienen íntima relación con nuestras emociones y necesidades.
Asumir mi responsabilidad de satisfacer mis necesidades me permite hacer algo con eso que me "molesta" que dijo o hizo el otro, entendiendo que no fue el otro quien quiso hacerme daño y yo soy la víctima, sino que me doy cuenta que tengo una necesidad insatisfecha emocionalmente y eso me permite ocuparme como una persona adulta de gestionar mis emociones y necesidades, lo que cambia la manera de mirar al otro y de percibirme a mí misma y en consecuencia la dinámica relacional. Abre el camino a la comunicación, a la no violencia.
Pero ¿cómo podemos hacer este cambio de mirada?
Observar sin juzgar es una habilidad que se aprende
Marshall Rosenberg, propone un proceso que consta de cuatro pasos:
Observar los actos concretos que nos están afectando
Identificar nuestros sentimientos en relación a los mismos
Identificar las necesidades no satisfechas que se originan de esos sentimientos
Hacer una petición concreta a la otra persona de lo que nos gustaría recibir.
No es mi interés en este pequeña reflexión desarrollar todos estos pasos, sino compartir mi experiencia práctica con la actividad de OBSERVAR sin Juzgar mi entorno y a mí misma partiendo de lo más básico, el punto primero ¿Cómo podemos aprender a observar sin juzgar?
Observando mi entorno
Para aprender a distinguir entre una "observación pura y simple" y aquella que está contaminada con nuestras apreciaciones podemos realizar el ejercicio de observar detenidamente una imagen, un paisaje o un atardecer por unos 15 minutos. Cuando me pidieron que realizara por primera vez este ejercicio pensé: "son solo 15 minutos, es poco tiempo". Lo que ignoraba es lo difícil que es sentarse y contemplar, alejando de mi mente mis emociones, percepciones, apreciaciones y sobre todo, mi juicios y prejuicios.
Los 15 minutos se tornaron eternos y "capturé" varios intentos de sabotaje de mis emociones y juicios hacia lo que observaba. Sentada en una banca de mi jardín donde decidí hacer mi "tarea", descubrí, que una orquídea tenía unas incipientes flores que habían pasado desapercibidas para mí, pero a la vez me di cuenta que la maceta en la que estaba sembrada era muy sencilla para tan preciosa orquídea y pensé en que "debía" cambiarla de maceta y de lugar para que luciera más. "¿Cómo no lo había visto antes? ¡Qué descuido de mi parte! y sentí las emociones de nostalgia pues era un regalo de mi padre a mi madre y alegría de que volviera a florecer... Inmediatamente mi impulso fue ponerme de pie y de inmediato trasladarla de lugar, pero recordé "mi tarea" y me obligué, no con poca inquietud, a seguir "observando" por el tiempo del ejercicio: 15 minutos, que fueron como una eternidad para mí.
Así me percaté de que no sólo estaba "observando" sino que estaba realizando juicios sobre mí misma, experimentando emociones que hacían valorar la orquídea de manera distinta a las otras plantas que también formaban parte del jardín.
En síntesis, mis observaciones estaban "contaminadas" por mis apreciaciones, juicios y emociones. La observación pura y simple hubiera sido "veo varias plantas , una de ellas una orquídea que está volviendo a florecer, que sus hojas son de un color verde intenso , la textura de sus hojas es gruesa y la maceta es de plástico color blanco..." Así de complejo fue realizar el ejercicio de "Observar".
Esta actividad me permitió comprender la necesidad de "practicar" el arte de observar sin juzgar, porque si mis juicios afloraron así con una planta ¿cómo contaminarían mi observación cuando interactúo con otras personas o cuando estoy facilitando un proceso de mediación?
Observar lo que pienso y siento
El otro ejercicio de "observar lo que pienso y siento," tiene que ver con la habilidad de desarrollar el estar totalmente presentes en el "aquí y ahora". A través de un ejercicio de mindfullness o simplemente de atención plena, podemos tomar conciencia de los ruidos a nuestro alrededor, los cercanos y los más lejanos, de percibir cómo se sienten las distintas partes de nuestro cuerpo, brazos, piernas, manos, así como los órganos internos que funcionan con la exactitud de un reloj bien sincronizado, sentir nuestra respiración tranquila o agitada, mirar sin juzgar nuestros pensamientos que parecen los recordatorios de los "deberes" que tenemos a diario sin pretender clasificarlos en buenos o malos, solo observarlos como si no fueran nuestros y aceptarlos. De esta manera nos entrenamos a escucharnos y a escuchar.
Y se preguntarán qué tiene que ver estos ejercicios propios de la Comunicación No Violenta con los procesos de Mediación...
En mi práctica profesional como mediadora y facilitadora de Círculos de Paz se han convertido en herramientas concretas y útiles para desarrollar de manera más eficiente y consciente el arte de ESCUCHAR con todo mis sentidos, sin JUZGAR o ACONSEJAR a nuestros mediados. La tan proclamada "Escucha activa" es todo un arte, que como tal necesita practicarse para ser perfeccionado. Y que si somos sinceros(as) con nosotros(as) mismos (as) no es sencillo, máxime a los que venimos del área del Derecho donde hemos sido entrenados a dar nuestra opinión y que sea tomada en cuenta porque eso es lo que se espera de nosotros(as): un consejo y hasta la toma de decisiones representando a nuestros clientes al elaborar una demanda o una contestación.
La Mediación, tiene características propias que nos invitan a desaprender de nuestras profesiones de origen para ponernos el "sombrero" de mediadores (as) y la Comunicación No Violenta es una herramienta útil para adquirir destrezas que no sólo nos acercan al Ser Mediador (a) en todo el sentido de la palabra, sino a Ser Personas más sensibles, compasivas, más tolerantes, más humanas.
Con todo cariño, gracias por leerme.
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