Construyendo recuerdos

 

Hoy es el cumpleaños de mi papá.

Ayer empecé a armar una zapatera que llevaba casi ocho meses guardada en una caja. La había comprado con toda la intención de montarla, pero por alguna razón siempre encontraba algo más urgente que hacer. Allí permaneció, esperando.

Hasta ayer.

No sé por qué precisamente ayer me dieron ganas de abrir la caja. Hacía muchísimo calor. De ese calor que vuelve pesados los movimientos y que invita más a sentarse con un vaso de agua fresca que a ponerse a construir muebles.

Sin embargo, allí estaba yo.

Saqué las tablas, extendí las instrucciones sobre el suelo y comencé a separar piezas.

Como siempre, lo primero que hice fue organizar los tornillos, las tuercas, los soportes y los pequeños herrajes en varios cuencos de colores. Mientras lo hacía, no podía imaginar que estaba preparando mucho más que una zapatera.

Inconscientemente, estaba preparando un encuentro con mi padre.

Los primeros minutos fueron una mezcla de entusiasmo y confusión. Miraba las instrucciones, revisaba los dibujos y volvía a contar tornillos para asegurarme de que todo estuviera en orden.

Entonces sonreí.

Recordé una de nuestras anécdotas familiares.

Cuando aparecía un tornillo perdido en medio de algún trabajo o sobraba alguna pieza, la pregunta era inevitable:

—¿Alguien perdió un tornillo? Y nos moríamos de la risa.

Ayer, mientras veía aquellos tornillos de distintos tamaños, sentí que estaba escuchando nuevamente esas carcajadas.

De fondo sonaban Los Fronterizos. La música de tu Salta querida.

Vos decías que a veces te "castigabas" escuchándolos. Te llenabas de nostalgia, pero volvías a esas canciones una y otra vez. Yo te miraba cómplice, ahora soy yo quien también me castigo, un poco .

Escucho esas canciones para volver a mis raíces, para regresar a ciertos paisajes de la memoria y para sentir cerca a quienes ya no están.

Pero, sobre todo, para sentirte cerca a vos.

Mientras armaba la zapatera volvió a mí una frase de Guitarra de Medianoche que tantas veces te escuché cantar:

"Morir, morir, no se muere nunca; vivir, es esa la ley del hombre."

Y pensé , que es cierto.  Hay personas que siguen viviendo en nuestras costumbres, en nuestros gestos y en las cosas más sencillas de la vida cotidiana, en nuestros corazones.

Siguen viviendo en una canción.

En un vinito, preferible un Torrontés bien frío.

En una fotografía.

O en una zapatera armada al otro lado del mundo.

Mientras me rompía un poco la cabeza para no meter la pata, casi podía escucharte.

—Bien, nena... ya está tomando forma.

Y más tarde, cuando alguna pieza parecía no encajar tan fácilmente como prometían las instrucciones:

—Piano, piano, si va lontano...

La frase que repetías tantas veces para recordarnos que las cosas importantes requieren paciencia.

Anoche dejé el trabajo a medio terminar, temí que los vecinos se sintieran incómodos con los golpes del martillo.

Y hoy, en tu cumpleaños, coloqué los últimos tornillos.

Fue entonces cuando comprendí algo que me emocionó profundamente.

Tal vez por eso había abierto la caja ayer.

Tal vez, sin darme cuenta, había querido recordarte haciendo algo que a vos te gustaba hacer, un pasión que compartimos y que me persigue al día de hoy.

No sentí tristeza, ni la ausencia que muchas veces me dolía en el alma, más bien, te sentí cerca, te recordé desde el "encuentro".

Otras veces te he recordado compartiendo una copa de vino y una picadita de jamón serrano, queso y aceitunas,  o escuchando una canción. O contando alguna historia familiar.

Pero este año te recordé construyendo.

Y mientras observaba la zapatera terminada, imaginé tu sonrisa.

Esa sonrisa de orgullo que aparecía cuando hacíamos algo bien.

Nunca nos dijiste a mi hermana ni a mí que había cosas para hombres y cosas para mujeres.

Simplemente nos integrabas.

Éramos tus ayudantes.

Tus nenas.

Nos enseñabas alcanzándote herramientas, ayudándote a pintar paredes, a lijar ,  sosteniendo una tabla o acompañándote en cualquiera de tus proyectos.

Nunca nos explicaste que podíamos hacer cualquier cosa.

Simplemente nos hiciste creerlo.

Y ese fue el  regalo más valioso que hoy disfrutamos, casi sin darnos cuenta.  

Porque crecimos sintiéndonos capaces.

Capaces de aprender.

Capaces de intentar.

Capaces de construir.

Pero quizá el regalo más valioso fue otro, que descubrí en una foto:  "Tu manera de mirarnos".

Todavía puedo verla. Esa sonrisa silenciosa y orgullosa que aparecía cuando nos observabas. 

Tu sincera y hermosa sonrisa...

No hacía falta que dijeras nada .

Yo sabía lo que significaba.

Me sentía querida.

Me sentía capaz.

Me sentía suficiente.

Nadie me ha vuelto a mirar exactamente así.

Y la verdad es que no me importa.

Porque esa sonrisa todavía me acompaña.

La llevo conmigo desde hace años.

Y cuando la vida se pone difícil o aparecen las dudas, vuelve a aparecer en algún rincón de mi memoria.

Es una de las herencias más hermosas que me dejaste.

Hoy, mientras miro esta zapatera terminada, pienso que no estaba armando solamente un mueble.

Estaba armando un recuerdo.

Y durante unas horas volví a compartir tiempo con vos, tus enseñanzas silenciosas me 

acompañaron con una sonrisa.

!Feliz cumpleaños, papá!


Gracias por las herramientas visibles y por las invisibles.

Gracias por enseñarme a construir.

Gracias por Los Fronterizos, por Salta, por los tornillos perdidos y por las risas compartidas.

Y gracias por esa sonrisa de orgullo que sigue iluminando mi camino.

Con tu sonrisa me basta.

Tu nena linda.

Comentarios

Entradas populares